“Tal vez entonces
quedemos los benditos
en la inmaterialidad acrisolada
Porque si no somos como Dios,
¿para qué la humildad fementida, la
paciencia
el rodeo del cero
con flores primorosas?
No escribiría yo versos,
no sería el idiota entre
la comunicación y la incomunicación
no estaría yo pensando
que la luz pasea como un viril fantasma
hasta hacerme emerger de nuevo
en el Monte de las Alucinaciones
Canto de la locura
Francisco Matos Paoli
No logré evitar recordar, frente al ataúd cubierto con sus banderas de lucha y de vida (la del Partido Independentista Puertorriqueño y la bandera de la estrella solitaria) la frase de Rafael Gómez de la Serna: “Todas las pompas son fúnebres”. Se veía hermosa vestida de blanco. Y parecía una princesa dormitando a la que se le dibujaba el nacimiento de una tímida sonrisa en los labios. Pero ella jamás requirió de acompañamiento suntuoso, ni fue ostentosa, ni gustaba de pavonearse, ni requerirá glorias esculpidas en mármol. Hacía colectas, enviaba cartas, organizaba reuniones y su floristería era un comité más. El precinto 2 de San Juan, la barriada Jurutungo (que piedra por piedra, palmo a palmo, literalmente, fue suya), sus amigos del Consejo Nacional de las Artes, los clientes de la floristería Jardín de España, todos los que le conocimos, somos testigos de ello. Cuando fallecía algún independentista o figura pública enviaba -sin que nadie le pidiera- un arreglo floral a nombre del PIP. Y si la llamaban del Comité Nacional ordenándolo casi de seguro se le escucharía decir: “Ya lo envié”. En asuntos de la patria era de las de “salir a la calle con un sí en el medio del pecho”, como dijera el poeta, porque caminaba por intuición la patria que soñaba. Y es que fue una soñadora, porque “el sueño es un regalo anticipado de la vida, la que nos lleva a un mundo luminoso que está aquí no más, que alcanzamos cuando nos damos cuenta, por eso el primer mandamiento del hombre verdadero es darse cuenta.” Ella lo supo siempre.
Yo conocí a doña Lydia Alfaro (de aquel legendario grupo que junto a Gilberto Concepción de Gracia, con la esperanza de lograr la independencia de la patria fundó en 1946, en Bayamón, el Partido Independentista Puertorriqueño) recién llegado de la isla –como solíamos decir- hace ya muchos años, cuando las oficinas nacionales del Partido estaban todavía en la Muñoz Rivera en Río Piedras, a unos pasos de la intersección con la avenida universidad. Y el lunes en la noche, en la funeraria Ehret mientras Otho, Osvaldo, Justo Echevarría, Ada Guerra y yo escuchábamos a Rubén contar anécdotas que ejemplarizaban la militancia incansable de doña Lydia y su constancia en la lucha por la independencia recordé que Tomás Borge, el Comandante Sandinista, en una de sus visitas, luego de decirnos que Puerto Rico y América Latina somos tan parecidos como las lágrimas, las gotas de agua, los hermanos mellizos; con idéntico corazón, canto y poesía, nos dijo que había encontrado aquí mujeres semejantes a Manuelita Sáez, a las hermanas Mirabal, a Rafaela Herrera de Nicaragua… que ni el coloniaje, la agresión cultural, la soledad o mala compañía, ni las mentiras, pudieron domesticar la rebeldía y el amor por la libertad…; ni los subsidios y la propaganda capaces de lograr que Puerto Rico dejara de ser Puerto Rico, …que la demagogia, la discriminación, el terror no bastaron para acallar el canto de los coquíes, la magnitud del abrazo, el aire de hidalguía de las mujeres… Entonces escuché a Otho comentar que doña Lydia fue ejemplar conjugando las tareas prácticas del quehacer político hasta las más difíciles (ser solidaria en los momentos de dolor de un compañero, defender puntos de vista como si de cada discusión dependiera la consecución del ideal…). Pero que el rasgo más asombroso y admirable de Doña Lydia era que con la misma naturalidad que hacía un arreglo floral para una novia, un enfermo o quien acababa de fallecer, también, como Matienzo Cintrón o como Swedenborg, hablaba con los ángeles… ¡para que protegieran a Rubén y los luchadores de la libertad!
Y es que en su cercanía se sentía la familiaridad, la solidaridad que proviene de la valentía, del tesón, de la fe, de la hermandad. No tuvo hijos, aunque sus sobrinos lo fueron para ella. Estuvo casada en dos ocasiones: con el español José Manuel Pérez-Morris y más tarde con Gilberto Rodríguez, de quién se divorció. Era la mayor de los siete hijos de Pedro Alfaro y Ramona González.
El martes 4 de enero de 2011, símbolo en sí misma de un partido entero, doña Lydia Alfaro recibió el último homenaje de sus compañeros de lucha en la sede nacional del Partido Independentista Puertorriqueño, en Puerto Nuevo.
Desde La Vieja Noche, nos parece escucharla decirnos (en voz de Casaldáliga): ¡Defiendan esa luz,/ que, no faltando ella,/ camino habrá,/ por más que sea noche! Vaya en homenaje solidario por su vida, una vez más repetido desde lo más alto del corazón puertorriqueño el grito de: ¡Viva Puerto Rico Libre! ¡Hasta Siempre Doña Lydia!
miércoles, 5 de enero de 2011
jueves, 18 de noviembre de 2010
SE RESPIRA: ¡Que concepto!
“Embalsamado de caperucita/ busca lobo palabra convexa/ hipótesis de inteligencia/ y salta punto muerto/ hacia bosque/ embarazado de musgo”.
Manuela Fingueret
El vuelo de la garza se trata, en fin, de contar historias. Y, desde luego, seguiré contándolas…sin omitir detalles. Como ha escrito un amigo español: “aún queda mosca cojonera para rato”. Pero quiero hablarles de http://laviejanoche.com. ¡Cómo hinchan la entrepierna –Otho, Ángel Luis, Tomás, y uno que otro de sus colaboradores- con lo del periódico cibernético! –dirán algunos. ¡Y tienen razón! Es que estamos de pláceme. Cumplimos un mes en la red y nos sobran motivos para celebrarlo en grande. ¡Qué se nos note! Requirió de muchas horas en común acuerdo con esos duendes que de madrugada suelen rondar entre el pensamiento, su vuelco en la palabra, mi laptop y la biblioteca. Y también del esfuerzo de mis más cercanos amigos, familiares y colaboradores. ¿Extraña la ecuación de cómo llegaron y todo se hizo posible? Ha bastado tan sólo la amistad.
Desprendida de un tiempo ilógico, La Vieja Noche cuestiona “las lógicas sociales”. Y se adentra por caminos en los que transita gente de la más amplia diversidad; donde se dan mezclas interesantes; entre otros muchos asuntos, perspectivas enfiladas en las otras; donde se dice,…pero también se escucha. Y el decir del otro no siempre se acerca a lo que preferiríamos escuchar.
La Vieja Noche propicia la impaciencia de espera de la madrugada. Y según avancen sus ediciones es nuestra intención presionar con fervor periodístico, fronterizo con la literatura, porque –desde otro ángulo, lejos de la autocomplacencia- salga a la luz pública nuestra realidad… en lo cotidiano, lo político, lo económico, lo social…
Se respira un ruido rebelde allá afuera, se pasea por las calles… transita en la red.
Manuela Fingueret
El vuelo de la garza se trata, en fin, de contar historias. Y, desde luego, seguiré contándolas…sin omitir detalles. Como ha escrito un amigo español: “aún queda mosca cojonera para rato”. Pero quiero hablarles de http://laviejanoche.com. ¡Cómo hinchan la entrepierna –Otho, Ángel Luis, Tomás, y uno que otro de sus colaboradores- con lo del periódico cibernético! –dirán algunos. ¡Y tienen razón! Es que estamos de pláceme. Cumplimos un mes en la red y nos sobran motivos para celebrarlo en grande. ¡Qué se nos note! Requirió de muchas horas en común acuerdo con esos duendes que de madrugada suelen rondar entre el pensamiento, su vuelco en la palabra, mi laptop y la biblioteca. Y también del esfuerzo de mis más cercanos amigos, familiares y colaboradores. ¿Extraña la ecuación de cómo llegaron y todo se hizo posible? Ha bastado tan sólo la amistad.
Desprendida de un tiempo ilógico, La Vieja Noche cuestiona “las lógicas sociales”. Y se adentra por caminos en los que transita gente de la más amplia diversidad; donde se dan mezclas interesantes; entre otros muchos asuntos, perspectivas enfiladas en las otras; donde se dice,…pero también se escucha. Y el decir del otro no siempre se acerca a lo que preferiríamos escuchar.
La Vieja Noche propicia la impaciencia de espera de la madrugada. Y según avancen sus ediciones es nuestra intención presionar con fervor periodístico, fronterizo con la literatura, porque –desde otro ángulo, lejos de la autocomplacencia- salga a la luz pública nuestra realidad… en lo cotidiano, lo político, lo económico, lo social…
Se respira un ruido rebelde allá afuera, se pasea por las calles… transita en la red.
martes, 2 de noviembre de 2010
Al barrullo de la callejuela (O el Silencio de los Cansancios)
"Yo he visto a través. No es como la vida de los días, ajena a las pantallas, es como la vida -imprevista- de los momentos la que se revela, con la precausión de un diafragma, ya sea fotografía, verja, ventana o lágrimas en los ojos. Soy el hijo, el extraño cuyo perfil se ha simplificado entre el cristal de una sección de maternidad que separa al recién nacido de la madre y el cristal de una ventanilla de autobús. No me reconoces". Erri De Luca
Llovía a ratos y un viento fuerte retozaba en el traspatio. La hojarasca danzaba en espiral revolcándose descaradamente; las palmeras abanicabanse mutuamente; Si Sobra, dormitaba en su casita, como si con él no fuera, y aunque me enteré por la radio que mi tocayo Tomás corría el Caribe con aires de huracán, mantuve inalterada la máxima que hace honor al nombre: el "ver para creer". Y...
Ayer vi caras de domingo. Al parecer por causa de La Vieja Noche (http://laviejanoche.com/) . Y como este vuelo, gracias a ustedes anda de cumpleaños, y yo me he cogido el día, el epígrafe de entrada lo ha dicho por mi (que mañana será otro día y quizá escriba algo más a tono con motivos y ocasiónes). Este blog, que comenzó en novienbre de 2009, El vuelo de la garza, ha recogido en su viaje aquella infancia perdida de improviso; los años de desplazamientos; el arraigo que perdura a ese el particular griterio de mi gente de las callejuelas en el barrio y el poblado; mis largos años de militancia política; mi vocación por la narrativa, ese captar detalles, saturar de olores... Decires y sentires...
Adrede he vuelto por un momento a la esquina. Que al barrullo de la callejuela el rumbón exprese mi sentir.
Llovía a ratos y un viento fuerte retozaba en el traspatio. La hojarasca danzaba en espiral revolcándose descaradamente; las palmeras abanicabanse mutuamente; Si Sobra, dormitaba en su casita, como si con él no fuera, y aunque me enteré por la radio que mi tocayo Tomás corría el Caribe con aires de huracán, mantuve inalterada la máxima que hace honor al nombre: el "ver para creer". Y...
Ayer vi caras de domingo. Al parecer por causa de La Vieja Noche (http://laviejanoche.com/) . Y como este vuelo, gracias a ustedes anda de cumpleaños, y yo me he cogido el día, el epígrafe de entrada lo ha dicho por mi (que mañana será otro día y quizá escriba algo más a tono con motivos y ocasiónes). Este blog, que comenzó en novienbre de 2009, El vuelo de la garza, ha recogido en su viaje aquella infancia perdida de improviso; los años de desplazamientos; el arraigo que perdura a ese el particular griterio de mi gente de las callejuelas en el barrio y el poblado; mis largos años de militancia política; mi vocación por la narrativa, ese captar detalles, saturar de olores... Decires y sentires...
Adrede he vuelto por un momento a la esquina. Que al barrullo de la callejuela el rumbón exprese mi sentir.
sábado, 2 de octubre de 2010
Por si no le dije, señora… ¡Gracias!
“La vida hiende vida en plena vida. Y aunque la muerte gane la partida, todo es un campo alegre de batalla”
Rafael Alberti
Rafael Alberti
Nuestras miradas se encontraron en el largo y ancho pasillo entre anaqueles en una de las dos grandes cadenas de almacenes para socios en la zona metropolitana. Una pareja de mi edad la acompañaba. La tuteaban, evidente entre ellos la confianza. Me pareció ver una sonrisa cómplice dibujarse en aquellos sus labios ancianos, y hasta puedo decir que imaginé escuchar palabras no dichas, aunque si pensadas: “No tengo porqué decirle a nadie. Total lo hicimos. ¿No soy más bonita que ayer?” Le sonreí… Gratos recuerdos del tiempo ido quedaron al alcance de los que entre anaqueles merodeaban sin saber de la alegría apacible y cálida reflejada en aquellos nuestros ojos que se miraban; de memorias que en el aire flotaban. Sin percibirse, pero flotaban. Yo mantuve la distancia. Y nos seguimos mirando mientras nadie nos miraba. Al menos eso creí. Ni pretendí acercarme ni ella pretendió me acercara. Al dirigirme a la puerta entre decenas de consumidores que apuraban sus carritos se me perdieron de vista sus ojos azul verdosos, felinos, como los de una gata. No creo fuera casualidad que minutos más tarde, saliendo del estacionamiento del lugar una garza en vuelo casi roza el auto con una de sus grandes y hermosas alas. Y como tengo por costumbre escribir algo en el blog (aunque no pensara hacerlo) cada vez que vea una garza, aquí va la historia que recoge el porqué de aquella mirada; la mirada de sus ojos azul verdosos, felinos, como de gata.
¡Hace ya tantos años! Pasaban los minutos que apuraba la prudencia y las manecillas del reloj sobre la mesita de noche. Al despertar y encontrarme entre sus pechos supe del latir de corazones arriesgados, de lo contenido casi por desbordarse. Alguien tenía que irse y era yo. Salí entre las sombras y me perdí por las calles, acostumbradas a mi presencia, que las calles mejor que nadie reconocen entre las sombras de la noche a quien no tiene techo, hambre de hogar... O de casa. Y el sol salió, aunque no salga para todos lo ves. Horas más tarde la vi nuevamente, en el mercado con sus dos hijos. Ambos eran entonces mis compañeros de estudios, fue el verano de fin de curso, último semestre de escuela intermedia, no había cumplido aún los quince años. Dedicó aquel día a desmentir con su actitud, la de ignorarme por completo, lo que protagonizáramos de madrugada, casi finalizada la noche: el encuentro de nuestros cuerpos. Ella en el esplendor de su madurez, yo en la primera sacudida de mi carne bruta juvenil temblando de temor y emoción. ¡Que locura el perfume de su desnudez! Y que atrevimiento. Quién se hubiera enterado en el poblado (que por cierto, aún va de pedrea en pedrea a lo fariseo o cual cura verdugo de Ocaña: “muy de mañana, aún de noche” a la caza del pecado) lo tildaría de asqueroso e indigno aroma a mujerzuela. Y creyéndose dioses, inmaculados, con derecho a meterse tras las puertas cerradas, o abiertas que más da, ajenas, en camas que nadie los invitara, la juzgarían aún. Imbéciles. ¡Si aquella madrugada fue toda poesía! ¿O sufrir en la alegría? ¿Delirio? ¡Deslumbramiento!...
Permanecí largos meses lejos de poder comprender el verdadero significado de su actitud aquel día en el mercado, y lo experimentado aquella noche. Aunque me extrañaba y dolía, callé. Tiempo después me pareció todo tan claro. Y ella, ... sincera. ¡Que lindo fue!
Evocación al placer
Por aquellos días la perspectiva era diferente, como quien mira un rascacielos desde el suelo o de la azotea del mismo la calle. Quizá por ello, infringir las reglas de una moralidad hipócrita se me dio fácil. Aprendía en las calles sobre filosofía del vivir sobreviviendo… ¡De sueños mojados o secos; de rincones húmedos y negruras circundantes! ¿Qué podía saber yo de amores?
sábado, 18 de septiembre de 2010
Los tenis del Pepe
“Todas las grandes verdades empiezan por ser blasfemias”
George Bernard Shaw (Annajanska)
George Bernard Shaw (Annajanska)
El miércoles de madrugada estaba yo frente al ventanal que da a la calle mirando a través del cristal tazón de café en mano. La campanada del reloj que monta guardia cerca a la mesa del comedor anunció las cinco y treinta. Pasados unos segundos escuché cercano el peculiar sonido del camión de recogido de basura, puntual como cada miércoles. Sobre la butaca esperaba mi laptop. Y me dispuse a vencer el impulso de aplazar la escritura. La idea inicial no era contar el cuento de los tenis del Pepe. Confieso ser un cuentacuentos inexacto en lo preciso. Sé que eran tenis amarillo-naranja, del color de las chinas mandarinas. Y que el Pepe lo tituló Mis caminatas por la Cumbre: Un cuento con descarga. Quizá yo lo cuente adornado de alguna reflexión sagaz. Es que al contar lo ya contado suelo quitar o añadir, enfatizar u omitir… poner pique o azúcar, vinagre o miel esperando que infectado de ficciones resulte más real que la realidad. El bullicio al exterior me distrajo. Entre silbidos y gritos de los recogedores, y el ladrar de los perros, despertaba la vecindad. Iban de amarillo hasta cubrirse los cabellos y calzaban botas negras de goma hasta las rodillas bajo una persistente llovizna. Estuvo lloviendo toda la noche y el agua que bordeaba la acera en busca de la rejilla del alcantarillado hasta dejarse caer e ir a parar por un tubo bajo el asfalto quien sabe donde, arrastraba cadáveres de lagartijos, cucarachas y hasta una iguana que patas arriba, viva todavía, parecía caimán furioso luchando por no dejarse llevar. A pesar de la llovizna, Blasco y Rafa intentaban, en otra de sus frecuentes caminatas, el conseguir alguna firmeza para unos músculos ya sexagenarios. Y fue al verlos que vino a mi memoria el Pepe, no por sexagenario ni carnes flácidas, ni por el cuento de sus caminatas por La Cumbre. Vino a mi memoria porque anoche supe que después de larga ausencia el Pepe había regresado a su hogar tras lograr exorcizar el “demonio” que meses atrás se posesionó de su cerebro y que poco a poco lo fue cambiando. ¿La verdad? Aquel demonio se las traía. Si bien, una que otra vez, el Pepe se deprimía, adquirió el don de escuchar música o sonidos en su cabeza que acompañaban sus estados de ánimo o argumentaciones. Y al cerrar los ojos lucecitas de colores formaban mensajes que intentaba descifrar. Y bailaba, reía o lloraba de felicidad sin motivo aparente. ¡El Pepe no necesitaba de excusas para sentirse feliz! Claro, esto requería del Pepe energías sobrehumanas y pasado un tiempo fue provocando en su físico cambios a lo Stevenson: de Dr. Jekyll a Mr. Hyde. Hacía muecas o desdoblaba su personalidad de tal manera que se tornaba irreconocible. Entonces presintió que no soportaría un cambio más. Y sin decir palabra, un sábado, séptimo día de la semana, a las siete de la mañana, el Pepe se vistió con ropa deportiva y aquellos tenis amarillo-naranja, del color de las chinas mandarinas y fue a internarse en una celda oscura y sin ventanas en el Monasterio San Pablo. Durante siete días con sus noches le escucharon gritar sin comprender palabra pues el Pepe hablaba en lengua extraña, un dialecto olvidado, algún código quizá. Al octavo día el Padre Carro, superior del monasterio, rompió los sellos de entrada de la oscura celda y lo encontró desnudo maniatado a una lámpara en el techo, las pupilas dilatadas, palidez que asustaba y una herida abierta en el lado derecho de la cabeza. Jura el Padre Carro, que un hedor de muerte impregnaba las paredes. Y que el eco de aterradoras voces salidas de agujeros negros entre las sombras helaba la sangre. Asistido por siete monjas de clausura, que se persignaban, aunque prosternadas ante la sorpresa de su desnudez se resistían a desviar la mirada de la bestia que dormitaba entre aquellas piernas empapada de blanquecina viscosidad, el Padre Carro suturó la herida en la cabeza. Entonces, ellas lavaron a solas el cuerpo del Pepe con abundante agua, jabón y esmerada dedicación… Y al terminar y secarlo cuidadosamente lo llevaron, desnudo como estaba el Pepe, a una espaciosa e iluminada celda. Atrás quedó, clausurada con siete candados y dos trancas de acero por el Padre Carro, superior del monasterio, la oscura y hedionda celda sin ventanas.
Aunque la prudencia aconseja no entrar en más detalles, siete monjas desnudas danzaron siete noches seguidas al dar las siete; siete vueltas durante siete minutos al interior de la espaciosa e iluminada celda en que descansaba, desnudo, el Pepe: la número 7. Siete veladoras blancas encendidas, siete incensarios de siete cadenillas y siete tapas. Y cada una de esas noches la lectura de la oración del justo perseguido (Salmo 7): Me acojo a ti/ líbrame; ¡que no arrebate mi vida el que desgarra,/ sin que nadie libre!/ …Y si he perdonado al opresor injusto,/ ¡que el enemigo me persiga, me alcance,/ estrelle mi vida contra el suelo,/ y tire mis entrañas por el polvo!/… De lo contrario surge contra los arrebatos de mis opresores./ ¡Despierta ya, Dios! / Por el principio del Talión, amén.
El séptimo día a las siete, el Pepe se levantó. Siete minutos más tarde, del Monasterio San Pablo hacia La Cumbre partió calzando -por toda vestimenta- aquellos tenis amarillo-naranja, del color de las chinas mandarinas.
jueves, 26 de agosto de 2010
La verdad necesita de pocas cosas II
“Volví a pensar en él... una vez más, su túnica desgarrada y sus sandalias deshechas. Vi sus pies planos y anchos, y observé sus rodillas enormes de burro andariego. Vi en lo profundo de mi pensamiento aquellos dedos gruesos y deformes de sus pies que apuntaban siniestramente hacia el cielo”.
Yván Silén (La novela de Jesús)
Disfrutaban de la velada. Un soplo de brisa nocturnal obsequió a las parejas una leve caricia, cálidos recuerdos provocaban entonces rubores de niñez. Si alguna frase resumía aquellas miradas, dicha por ella lo mismo que dicho a ella por él, sería: “Ya estás en el paraíso, y yo a tu lado, también”. Hablaban de cosas lindas, de cosas que se dijeron para constancia de unos y otros, de ellos mismos, esencia de su querer. Avanzada la noche la terraza quedó a solas. Mientras Ángel intentaba acostar a Sancho y Othelo, de entre las ramas del gigantesco flamboyán el búho de Minerva pareció levantar vuelo. Y Lydia volvió a escuchar aquellas palabras dichas por él hará unos años, palabras de amor…, esta vez de amor cultivado… quizá de último consuelo: “…si un día, de esos sin sosiego, sientes el cansancio y recuestas tu cabeza, sola (como Vallejo en sus poemas), no olvides mi amor, da vuelta al espejo, te suplico, a encontrarme mirándote. Soy yo, que desde siempre y desde todo y sin jamás (lo sabrás te aseguro) sostendré tu mirar y tu presencia. Y te alzaré como a un sol sobre el dolor y la pobreza y la amargura y la impaciencia, y triunfaré una sonrisa en tu mejilla.” En ese preciso instante al interior de la casa, en la cocina abrazando a Elizabeth, su refugio permanente, donde él guarda esas cosas de tan sencillas complejas que hasta ayer temió, si no olvidarlas, el no poder recordar cómo articularlas, Otoniel le susurraba al oído un poema que yacía humeando en su corazón desde que sorprendió husmeando a la muerte: “…mis sueños tienen/ el exacto contorno de tu cuerpo./ Porque te sigo amando/ detrás de mis deseos./ Porque cuando te miro/ sé de los privilegios de la vista./ Porque haces tan livianas mis palabras/ que aguardan en silencio./ Porque eres la evidencia/ de mi propia existencia./ Porque al sencillo roce/ de tu mano en la mía/ siento que te poseo.” Afuera, tomados de la mano caminando descalzos sobre la hierba de regreso a la terraza tras un breve paseo propiciado por el acogedor silencio en aquel patio trasero, Tomás dio un beso en los labios a Rosa, luego tomó su rostro entre sus manos y con ternura la besó en la frente. Al abrigo de aquella noche de verano, que aunque de visos otoñales el milagro del amor transformó en señal de primavera, le dijo como quien contase una historia que ella no le hubiese escuchado ya contar: “¿Recuerdas la tarde en que sin preguntas me dejé llevar? Habías escogido para el reencuentro un rincón lejos de los muros, las rejas y el ruido… Caminábamos junto al mar bajo el sol implacable del mes de julio. Y al buscar ocultarnos de la mirada de todos, protegidos por altas palmeras, uvas playeras y arbustos, escuchando el cantar de los pájaros y el grato rumor de las olas, si fue necesario un pretexto para amarnos, lo encontramos… Y esperamos cayera la tarde. Nuestros cuerpos desnudos, al amparo de las sombras fueron hasta el mar… y mojamos los sueños. Y reímos como locos y apostamos a la esperanza y nos juramos playas preciosas y estrellas por ver, noches que contar y amor eterno”.
Yván Silén (La novela de Jesús)
Segundo Relato: La noche de los Ázimos
Disfrutaban de la velada. Un soplo de brisa nocturnal obsequió a las parejas una leve caricia, cálidos recuerdos provocaban entonces rubores de niñez. Si alguna frase resumía aquellas miradas, dicha por ella lo mismo que dicho a ella por él, sería: “Ya estás en el paraíso, y yo a tu lado, también”. Hablaban de cosas lindas, de cosas que se dijeron para constancia de unos y otros, de ellos mismos, esencia de su querer. Avanzada la noche la terraza quedó a solas. Mientras Ángel intentaba acostar a Sancho y Othelo, de entre las ramas del gigantesco flamboyán el búho de Minerva pareció levantar vuelo. Y Lydia volvió a escuchar aquellas palabras dichas por él hará unos años, palabras de amor…, esta vez de amor cultivado… quizá de último consuelo: “…si un día, de esos sin sosiego, sientes el cansancio y recuestas tu cabeza, sola (como Vallejo en sus poemas), no olvides mi amor, da vuelta al espejo, te suplico, a encontrarme mirándote. Soy yo, que desde siempre y desde todo y sin jamás (lo sabrás te aseguro) sostendré tu mirar y tu presencia. Y te alzaré como a un sol sobre el dolor y la pobreza y la amargura y la impaciencia, y triunfaré una sonrisa en tu mejilla.” En ese preciso instante al interior de la casa, en la cocina abrazando a Elizabeth, su refugio permanente, donde él guarda esas cosas de tan sencillas complejas que hasta ayer temió, si no olvidarlas, el no poder recordar cómo articularlas, Otoniel le susurraba al oído un poema que yacía humeando en su corazón desde que sorprendió husmeando a la muerte: “…mis sueños tienen/ el exacto contorno de tu cuerpo./ Porque te sigo amando/ detrás de mis deseos./ Porque cuando te miro/ sé de los privilegios de la vista./ Porque haces tan livianas mis palabras/ que aguardan en silencio./ Porque eres la evidencia/ de mi propia existencia./ Porque al sencillo roce/ de tu mano en la mía/ siento que te poseo.” Afuera, tomados de la mano caminando descalzos sobre la hierba de regreso a la terraza tras un breve paseo propiciado por el acogedor silencio en aquel patio trasero, Tomás dio un beso en los labios a Rosa, luego tomó su rostro entre sus manos y con ternura la besó en la frente. Al abrigo de aquella noche de verano, que aunque de visos otoñales el milagro del amor transformó en señal de primavera, le dijo como quien contase una historia que ella no le hubiese escuchado ya contar: “¿Recuerdas la tarde en que sin preguntas me dejé llevar? Habías escogido para el reencuentro un rincón lejos de los muros, las rejas y el ruido… Caminábamos junto al mar bajo el sol implacable del mes de julio. Y al buscar ocultarnos de la mirada de todos, protegidos por altas palmeras, uvas playeras y arbustos, escuchando el cantar de los pájaros y el grato rumor de las olas, si fue necesario un pretexto para amarnos, lo encontramos… Y esperamos cayera la tarde. Nuestros cuerpos desnudos, al amparo de las sombras fueron hasta el mar… y mojamos los sueños. Y reímos como locos y apostamos a la esperanza y nos juramos playas preciosas y estrellas por ver, noches que contar y amor eterno”.
Las horas transcurrían, y las tres parejas volvieron a juntarse. De regreso a la mesa cada uno ofrecía pinceladas de algún relato evocador de su propia infancia. Charlaban animadamente. Ángel tenía hacía largo rato la palabra, y si a Otoniel se le ocurriese el intentar interrumpirle, de seguro su buen humor se irá al carajo. Y ya que la estaban pasando tan bien…. ¿para qué? Fue cuando llamó a la puerta el mendigo, cubierto de ropas viejas y deshilachadas, más bien cubierto de trapos sucios, descosidos, que sin pronunciar palabra ni pedir entrada… pero que a todos por extraña razón les placía, se allegó hasta la mesa. Entonces, tomando entre sus manos una escudilla de barro, que ninguno podría explicar de donde surgió –tal vez ilusión óptica como se ha escrito del mendigo del evangelio según Jesucristo, de Saramago-, llenándola de vino hasta el borde la levantó diciendo con altivez de arcángel: “lo que ustedes son hoy, nosotros éramos; lo que nosotros somos, ustedes serán” Y tras beber de ella la fue pasando de mano en mano. Luego, de algo parecido al pan sin levadura, del que tampoco nadie supo explicar con certeza la procedencia, repartió a cada uno diciendo: “Comparto de mi alimento con ustedes en esta la primer noche de los Ázimos" . Y sin mirar a Tomás le dijo, él lo supo que le miraba: “Me puedes ver hoy, luego jamás me verás”. ¿Y quién eres tú?, preguntó Tomás. “Yo soy Gamaliel, quien puede brindar arrugas a tu piel, lo mismo que tragos de miel, vino de vida… o garrafas de hiel”. Y así como llegó, quien dijo llamarse Gamaliel, se fue.
Hoy, mientras escribo, al evocar recuerdos o crear estas fantasías ni Ángel ni Otoniel ni Tomás, ni Lydia, Rosa o Elizabeth -si es que alguna vez existieron más allá de lo escrito en mi laptop, la tinta y el papel-, volvieron a saber de él. Por ello amigo lector, si puedes hazme un favor: si algún día se presentara a tu puerta un mendigo cubierto de ropas viejas y deshilachadas, más bien cubierto de trapos sucios y descosidos que diga llamarse Gamaliel, cuéntale lo que yo aquí te he contado... Y dile que le quiero ver.
sábado, 21 de agosto de 2010
La verdad necesita de pocas cosas
“ Tres son las maneras de hacer que tienen los hombres: porque sí, por amor y por egoísmo. Por eso, también, son tres los modos de dar que ellos tienen: por mano abierta, por mano caritativa y por mano previsora, para hacer un hombre agradecido, para hacer un hombre feliz y para hacer un hombre instrumento…”
Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (Tres son las Maneras de Hacer...)
Primer Relato: Comunión de amistad
Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (Tres son las Maneras de Hacer...)
Primer Relato: Comunión de amistad
Tres botellas de vino tinto, serenata de bacalao con vianda, abundante ensalada fresca, variedad de frutas tropicales, quesos… Conversación amena. Bajo la tenue lluvia de agosto caía la tarde. La naturaleza recreaba una ilusión mágica de tal íntimidad que dejaba a descubierto su grado de complicidad. Desde la amplia terraza podía verse al centro en el traspatio que al mover sus ramas el gigantesco flamboyán, acariciadas por el viento, parecía estar abriendo un baile nupcial. Sancho y Othelo corrían tras la imaginaria cola del traje de novia que se dibujaba y deslizaba sobre el césped y con sus ladridos motivaban la respuesta de otros perros en el vecindario. Mientras, se disfrutaba del vino y la cena. Y anocheció de pronto. Los ladridos cesaron, el viento quedó en brisa leve y el flamboyán terminó su vals. Entonces se vió claro la hermosura y emociones que anunciaba la noche que apenas comenzaba. Era domingo. Tres amigos marcados por la muerte, cagados por la Verónica según el refranero popular-católico, aprovechando hasta la última posibilidad celebraban la vida sentados a la mesa en comunión de amistad. ¿Cómo fue a relacionarse la Verónica con embarre tal? ¿Y por qué no San Ignacio o San José? No sé. De cualquier modo vaya mi excusa a quien piense que estas cosas aunque se saben no deben decirse. Allí estaban, convocados por Ángel -que así llamaré al anfitrión- al banquete de la vida y al hacer del “fruto de la vid” eucaristía de nueva alianza. Presidía la mesa el mayor de los hermanos, a quien llamaré Otoniel, dispuesto siempre a dar la batalla como león de su Dios cristiano. Obsesionado con imponer sus planes de un futuro viaje a la Lisboa de Fernando Pessoa y sus heterónimos , y de José Saramago, ni intentaba siquiera complacer a los presentes en otros planes: caminar la España morisca, la ruta del Quijote, el Camino de Santiago, entre otros que incluían cenar a la orilla del Sena, ir a ver las putas en los escaparates de Amsterdam –tan natural y agradable como el ver llover tras un cristal y de seguro mojarse sin empaparse- o, a lo mejor, un paseo sin prisas por la costa mediterránea. Pero a Otoniel le apremiaba el viaje a Lisboa. No transaba. ¡Terco! Era obvio que estaba dispuesto a realizarlo solo. Fue entonces que Tomás, así nombraré al incrédulo hermano menor, mellizo en ideales políticos y lecturas de mundanal ruido pero, sin embargo, entre ellos el único que ha puesto toda su fe en las cosas de este mundo, dijo metiendo el dedo en la llaga: "Ya que así lo prefieres, ¡Pues vayamos también nosotros a morir contigo!" Y nunca fue mejor dicho pues no hay nada más reconfortante en momentos como estos que el tener a la gente que más te quiere a tu lado. Aquella noche, en la conversación de sobremesa, ante el mar de preguntas planteadas, todo un océano de respuestas tentativas, quizá un tanto apresuradas. De alguna manera, cualquier asomo de reflexión no pretendió ir más allá del intento de ayudarse unos a los otros a convivir racionalmente con ello. A la menor provocación, Ángel, Otoniel y Tomás, hicieron del momento celebración plena de la vida. Y, aunque hubo llanto, hubo risas... y más vino. Y no estuvieron solos… Tres mujeres de particular hermosura les acompañaban, y eran el orgullo de sus respectivos maridos. Se me antoja llamarlas para propósitos del relato: Lydia, Elizabeth y Rosa. De sus manos fecundas comieron... y bebieron. Y cada una colmó aquel banquete de renovadas esperanzas en la vida de su amado.
(Continuará)
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