miércoles, 11 de mayo de 2011

La noche: para el Pepe

"La garganta más no dice/ por acuchillada;/ no ven la puerta los ojos/ cegados de lágrimas".
                                                                                        Gabriela Mistral



La celebración continuaba. Desde su mesa, Gaspar y Gabriel hacían su esfuerzo por identificar algunos de los invitados.
       -Allá, los de la mesa al centro… ¿No son Samuel y Jovita? –preguntó Gaspar.
       -Son ellos. Y el que se acerca a la mesa es Guillermo. Varios amigos, que colaboran en Andreia (la revista de teología y sociedad del periódico) y una joven pareja que no conozco, al parecer estudiantes, comparten la mesa con el viejo profesor y su esposa.
       -¿Y en la de al lado?
       -Aidita y Edwin, Alba Nydia, Carmín, Robert, Lizzie…
       El caso es lo que dejaban entrever, el momento de entusiasmo que estaban viviendo.
       Fue cuando escuché a Otho presentarme para dirigirme a los invitados. ¿Qué dijo? No hago caso, así son los amigos. ¿Qué dije?  



El cuento es más largo. Aún me queda la palabra.


(continúa)

lunes, 9 de mayo de 2011

Brindis para una bohemia

 “Sí. En la vida uno pierde muchas cosas, pero los sueños siempre están porque los ponemos a una altura difícil de alcanzar… y no se alcanzan sólo soñando, sino peleando, luchando, poniendo empeño. La realidad puede distanciarte de aquellos sueños, pero a veces pueden tocarse.”      
                                                                                  Joan Manuel Serrat



                                            Como fue

Gabriel Tzunami Walcott y Gaspar Nuevelunas de Miranda conversaban animadamente de esto y aquello con energía y gran sentido del humor. A ratos reían o tarareaban al unísono las notas de alguna vieja canción. Se notaba en ellos la complicidad conseguida tras compartir durante los pasados seis meses el colaborar con la redacción de La Vieja Noche. Sentados, compartían también una de las mesas redondas elegantemente vestidas de negro distribuidas por el amplio salón, de tope de lunas llenas de tonalidades grisáceas y arreglo floral de aves del paraíso, ramas secas y grandes hojas verde monte, con Johanna y Eliezer, Osvaldo y Natalia, Rosin, Gysenia y Gladys.
     -¿Cuál es la historia de esta bohemia?- preguntó Gabriel, como quien se pregunta en voz alta sobre una idea que ya ha comenzado a rondar en su cabeza.
     -A la vista está -dijo Gaspar-, apurando un sorbo de “Juanito el andariego”, etiqueta negra. …Y por escribirse- añadió-. Su mirada recorría el salón, observaba la fiesta.
     Más de un centenar de amigos de La Vieja Noche, de la más amplia diversidad –entre ellos: actores, músicos, cantantes, sindicalistas, veteranos guerreros independentistas, jóvenes estudiantes universitarios, profesores, y figuras de la política-, se juntaban aquel viernes para celebrar, con una Bohemia, el primer semestre de vida de este periódico cibernético.
     Al fondo, en la tarima habilitada especialmente para la ocasión, la elocuencia del cuatro en las manos de Prodigio y el acompañamiento de sus músicos abrían la actividad con interpretaciones dignas de un gran finale.
     Cerca a la puerta de entrada, un joven se ufanaba en recolectar las invitaciones y recuperar dineros. En el mostrador del bar, con una copa de vino entre los dedos, Paquito, que putón suele recitar de Sabina “sólo sé que algunas veces,/ cuando menos te lo esperas,/ el diablo va y se pone de tu parte”, buscaba conversación con la joven que servía los tragos y le regalaba una sonrisa. “Coqueta” –pensó-, buscando de reojo, cual zorro viejo, entre las mesas a Carmen, su mujer. Ojos que no ven… boca que no miente ni quiere meterse en problemas. Estaba listo para otra copa. La malicia llevaba prisas por estrenar. Y él no le había dicho que le resultaba apetecible, que las mejores promesas son las que no hay que cumplir y si te he visto no me acuerdo, si te visto sí, que...
     A unos pasos, los que recién arriban al lugar disfrutan de la sangría de don Manolo, entre platitos de queso fresco, jamones, tortilla española…
     -¿Te consigo otro güisqui? –le preguntó Gabriel.
     -Por favor, amigo.
     La noche, que no es ajena a conjuros, aunque apenas comenzaba lograba el mágico efecto de afectar a todos sin hacer caso de nadie en particular. Se llenaba de “Entre espumas”, “Delirio”, “Nosotros” ...
“Rebeldía”.
     En la mesa cercana, conversaban Paky, Calixto, Osvaldo, Gladys y Juan Dalmau. Quizá de que la vida es aún para nosotros una puerta sin abrir, que no han muerto los dioses, que el presente y el futuro se juegan a la limón en el país del nunca jamás. O de aquellos versos hecho canción que nos habla de cuando los niños nacen viejos,/ cuando la carne sabe a carne de cañón,/ cuando los ángeles blasfeman,/ cuando las secretarias lloran/ y cada aurora es una nueva decepción… cuando… ¿Cuándo? Quizá.
     De pronto, sube a la tarima Jerry Rivas. Y su voz, y el ritmo y sabor caribe que ya nos ha hecho la noche, encendió con el junte el estruendo musical. ¿Cómo fue? No sabría decirles cómo fue, y menos explicarles que pasó… Ángel, Otho, Primitivo y Dwight parecían hojas otoñales llevadas al viento por sus respectivas parejas. Y mientras las notas se alzaban al vuelo… ellos, tratando de discernir el sonido en el aire, habían querido entrar al baile que recién se formaba al costado izquierdo del salón.
     -Mi amigo- interrumpió Gabriel-, colocando el vaso de güisqui sobre la mesa.
     -Gracias. ¡A tu salud!
     -Pues, un brindis- exclamó Gabriel-. ¡Brindo porque sean las emociones y no las arrugas las que marquen tu rostro!
     -¡Por los vigilantes guerreros!
     -¡Por los constantes!
     -¡Por la armonía entre las diferentes visiones y estrategias!
     -¡Por el cantar, el reír y el conversar!
     -¡Por los apretones de manos! …¡por cada abrazo!
     -¡Por este espectacular encuentro!
     Gaspar y Gabriel brindaban por estar allí. ¿Cómo resistirse al hechizo si tuvo la culpa una canción?
     Yo, quisiera brindar por el afecto personal, ordinariamente recíproco, fortalecido con el trato que llamamos amistad. Entre las tantas y muy variadas que me ha dado la vida… ¡por la tuya!…

(Continúa mañana)



miércoles, 5 de enero de 2011

Hasta siempre, doña Lydia

“Tal vez entonces
quedemos los benditos
en la inmaterialidad acrisolada
Porque si no somos como Dios,
¿para qué la humildad fementida, la
paciencia
el rodeo del cero
con flores primorosas?


No escribiría yo versos,
no sería el idiota entre
la comunicación y la incomunicación
no estaría yo pensando
que la luz pasea como un viril fantasma
hasta hacerme emerger de nuevo
en el Monte de las Alucinaciones

                                                    Canto de la locura
                                                     Francisco Matos Paoli


No logré evitar recordar, frente al ataúd cubierto con sus banderas de lucha y de vida (la del Partido Independentista Puertorriqueño y la bandera de la estrella solitaria) la frase de Rafael Gómez de la Serna: “Todas las pompas son fúnebres”. Se veía hermosa vestida de blanco. Y parecía una princesa dormitando a la que se le dibujaba el nacimiento de una tímida sonrisa en los labios. Pero ella jamás requirió de acompañamiento suntuoso, ni fue ostentosa, ni gustaba de pavonearse, ni requerirá glorias esculpidas en mármol. Hacía colectas, enviaba cartas, organizaba reuniones y su floristería era un comité más. El precinto 2 de San Juan, la barriada Jurutungo (que piedra por piedra, palmo a palmo, literalmente, fue suya), sus amigos del Consejo Nacional de las Artes, los clientes de la floristería Jardín de España, todos los que le conocimos, somos testigos de ello. Cuando fallecía algún independentista o figura pública enviaba -sin que nadie le pidiera- un arreglo floral a nombre del PIP. Y si la llamaban del Comité Nacional ordenándolo casi de seguro se le escucharía decir: “Ya lo envié”. En asuntos de la patria era de las de “salir a la calle con un sí en el medio del pecho”, como dijera el poeta, porque caminaba por intuición la patria que soñaba. Y es que fue una soñadora, porque “el sueño es un regalo anticipado de la vida, la que nos lleva a un mundo luminoso que está aquí no más, que alcanzamos cuando nos damos cuenta, por eso el primer mandamiento del hombre verdadero es darse cuenta.”  Ella lo supo siempre.

Yo conocí a doña Lydia Alfaro (de aquel legendario grupo que junto a Gilberto Concepción de Gracia, con la esperanza de lograr la independencia de la patria fundó en 1946, en Bayamón, el Partido Independentista Puertorriqueño) recién llegado de la isla –como solíamos decir- hace ya muchos años, cuando las oficinas nacionales del Partido estaban todavía en la Muñoz Rivera en Río Piedras, a unos pasos de la intersección con la avenida universidad. Y el lunes en la noche, en la funeraria Ehret mientras Otho, Osvaldo, Justo Echevarría, Ada Guerra y yo escuchábamos a Rubén contar anécdotas que ejemplarizaban la militancia incansable de doña Lydia y su constancia en la lucha por la independencia recordé que Tomás Borge, el Comandante Sandinista, en una de sus visitas, luego de decirnos que Puerto Rico y América Latina somos tan parecidos como las lágrimas, las gotas de agua, los hermanos mellizos; con idéntico corazón, canto y poesía, nos dijo que había encontrado aquí mujeres semejantes a Manuelita Sáez, a las hermanas Mirabal, a Rafaela Herrera de Nicaragua… que ni el coloniaje, la agresión cultural, la soledad o mala compañía, ni las mentiras, pudieron domesticar la rebeldía y el amor por la libertad…; ni los subsidios y la propaganda capaces de lograr que Puerto Rico dejara de ser Puerto Rico, …que la demagogia, la discriminación, el terror no bastaron para acallar el canto de los coquíes, la magnitud del abrazo, el aire de hidalguía de las mujeres… Entonces escuché a Otho comentar que doña Lydia fue ejemplar conjugando las tareas prácticas del quehacer político hasta las más difíciles (ser solidaria en los momentos de dolor de un compañero, defender puntos de vista como si de cada discusión dependiera la consecución del ideal…). Pero que el rasgo más asombroso y admirable de Doña Lydia era que con la misma naturalidad que hacía un arreglo floral para una novia, un enfermo o quien acababa de fallecer, también, como Matienzo Cintrón o como Swedenborg, hablaba con los ángeles… ¡para que protegieran a Rubén y los luchadores de la libertad!

Y es que en su cercanía se sentía la familiaridad, la solidaridad que proviene de la valentía, del tesón, de la fe, de la hermandad. No tuvo hijos, aunque sus sobrinos lo fueron para ella. Estuvo casada en dos ocasiones: con el español José Manuel Pérez-Morris y más tarde con Gilberto Rodríguez, de quién se divorció. Era la mayor de los siete hijos de Pedro Alfaro y Ramona González.

El martes 4 de enero de 2011, símbolo en sí misma de un partido entero, doña Lydia Alfaro recibió el último homenaje de sus compañeros de lucha en la sede nacional del Partido Independentista Puertorriqueño, en Puerto Nuevo.

Desde La Vieja Noche, nos parece escucharla decirnos (en voz de Casaldáliga): ¡Defiendan esa luz,/ que, no faltando ella,/ camino habrá,/ por más que sea noche! Vaya en homenaje solidario por su vida, una vez más repetido desde lo más alto del corazón puertorriqueño el grito de: ¡Viva Puerto Rico Libre! ¡Hasta Siempre Doña Lydia!

jueves, 18 de noviembre de 2010

SE RESPIRA: ¡Que concepto!

“Embalsamado de caperucita/ busca lobo palabra convexa/ hipótesis de inteligencia/ y salta punto muerto/ hacia bosque/ embarazado de musgo”.
                                                                     Manuela Fingueret


El vuelo de la garza se trata, en fin, de contar historias. Y, desde luego, seguiré contándolas…sin omitir detalles. Como ha escrito un amigo español: “aún queda mosca cojonera para rato”. Pero quiero hablarles de http://laviejanoche.com. ¡Cómo hinchan la entrepierna –Otho, Ángel Luis, Tomás, y uno que otro de sus colaboradores- con lo del periódico cibernético! –dirán algunos. ¡Y tienen razón! Es que estamos de pláceme. Cumplimos un mes en la red y nos sobran motivos para celebrarlo en grande. ¡Qué se nos note! Requirió de muchas horas en común acuerdo con esos duendes que de madrugada suelen rondar entre el pensamiento, su vuelco en la palabra, mi laptop y la biblioteca. Y también del esfuerzo de mis más cercanos amigos, familiares y colaboradores. ¿Extraña la ecuación de cómo llegaron y todo se hizo posible? Ha bastado tan sólo la amistad.

Desprendida de un tiempo ilógico, La Vieja Noche cuestiona “las lógicas sociales”. Y se adentra por caminos en los que transita gente de la más amplia diversidad; donde se dan mezclas interesantes; entre otros muchos asuntos, perspectivas enfiladas en las otras; donde se dice,…pero también se escucha. Y el decir del otro no siempre se acerca a lo que preferiríamos escuchar.

La Vieja Noche propicia la impaciencia de espera de la madrugada. Y según avancen sus ediciones es nuestra intención presionar con fervor periodístico, fronterizo con la literatura, porque –desde otro ángulo, lejos de la autocomplacencia- salga a la luz pública nuestra realidad… en lo cotidiano, lo político, lo económico, lo social…

Se respira un ruido rebelde allá afuera, se pasea por las calles… transita en la red.

martes, 2 de noviembre de 2010

Al barrullo de la callejuela (O el Silencio de los Cansancios)

"Yo he visto a través. No es como la vida de los días, ajena a las pantallas, es como la vida -imprevista- de los momentos la que se revela, con la precausión de un diafragma, ya sea fotografía, verja, ventana o lágrimas en los ojos. Soy el hijo, el extraño cuyo perfil se ha simplificado entre el cristal de una sección de maternidad que separa al recién nacido de la madre y el cristal de una ventanilla de autobús. No me reconoces".      Erri De Luca


Llovía a ratos y un viento fuerte retozaba en el traspatio. La hojarasca danzaba en espiral revolcándose descaradamente; las palmeras abanicabanse mutuamente; Si Sobra, dormitaba en su casita, como si con él no fuera, y aunque me enteré por la radio que mi tocayo Tomás corría el Caribe con aires de huracán, mantuve inalterada la máxima que hace honor al nombre: el "ver para creer".  Y...

Ayer vi caras de domingo. Al parecer por causa de La Vieja Noche (http://laviejanoche.com/) . Y como este vuelo, gracias a ustedes anda de cumpleaños, y yo me he cogido el día, el epígrafe de entrada lo ha dicho por mi (que mañana será otro día y quizá escriba algo más a tono con motivos y ocasiónes). Este blog, que comenzó en novienbre de 2009, El vuelo de la garza, ha recogido en su viaje aquella infancia perdida de improviso; los años de desplazamientos; el arraigo que perdura a ese el particular griterio de mi gente de las callejuelas en el barrio y el poblado; mis largos años de militancia política; mi vocación por la narrativa, ese captar detalles, saturar de olores...  Decires y sentires...

 Adrede he vuelto por un momento a la esquina. Que al barrullo de la callejuela el rumbón exprese mi sentir.

sábado, 2 de octubre de 2010

Por si no le dije, señora… ¡Gracias!

“La vida hiende vida en plena vida. Y aunque la muerte gane la partida, todo es un campo alegre de batalla”
                                                                                                                                            Rafael Alberti



Nuestras miradas se encontraron en el largo y ancho pasillo entre anaqueles en una de las dos grandes cadenas de almacenes para socios en la zona metropolitana. Una pareja de mi edad la acompañaba. La tuteaban, evidente entre ellos la confianza. Me pareció ver una sonrisa cómplice dibujarse en aquellos sus labios ancianos, y hasta puedo decir que imaginé escuchar palabras no dichas, aunque si pensadas: “No tengo porqué decirle a nadie. Total lo hicimos. ¿No soy más bonita que ayer?”  Le sonreí… Gratos recuerdos del tiempo ido quedaron al alcance de los que entre anaqueles merodeaban sin saber de la alegría apacible y cálida reflejada en aquellos nuestros ojos que se miraban; de memorias que en el aire flotaban. Sin percibirse, pero flotaban. Yo mantuve la distancia. Y nos seguimos mirando mientras nadie nos miraba. Al menos eso creí. Ni pretendí acercarme ni ella pretendió me acercara. Al dirigirme a la puerta entre decenas de consumidores que apuraban sus carritos se me perdieron de vista sus ojos azul verdosos, felinos, como los de una gata. No creo fuera casualidad que minutos más tarde, saliendo del estacionamiento del lugar una garza en vuelo casi roza el auto con una de sus grandes y hermosas alas. Y como tengo por costumbre escribir algo en el blog (aunque no pensara hacerlo) cada vez que vea una garza, aquí va la historia que recoge el porqué de aquella mirada; la mirada de sus ojos azul verdosos, felinos, como de gata.

¡Hace ya tantos años! Pasaban los minutos que apuraba la prudencia y las manecillas del reloj sobre la mesita de noche. Al despertar y encontrarme entre sus pechos supe del latir de corazones arriesgados, de lo contenido casi por desbordarse. Alguien tenía que irse y era yo. Salí entre las sombras y me perdí por las calles, acostumbradas a mi presencia, que las calles mejor que nadie reconocen entre las sombras de la noche a quien no tiene techo, hambre de hogar... O de casa. Y el sol salió, aunque no salga para todos lo ves. Horas más tarde la vi nuevamente, en el mercado con sus dos hijos. Ambos eran entonces mis compañeros de estudios, fue el verano de fin de curso, último semestre de escuela intermedia, no había cumplido aún los quince años. Dedicó aquel día a desmentir con su actitud, la de ignorarme por completo, lo que protagonizáramos de madrugada, casi finalizada la noche: el encuentro de nuestros cuerpos. Ella en el esplendor de su madurez, yo en la primera sacudida de mi carne bruta juvenil temblando de temor y emoción. ¡Que locura el perfume de su desnudez! Y que atrevimiento. Quién se hubiera enterado en el poblado (que por cierto, aún va de pedrea en pedrea a lo fariseo o cual cura verdugo de Ocaña: “muy de mañana, aún de noche” a la caza del pecado) lo tildaría de asqueroso e indigno aroma a mujerzuela. Y creyéndose dioses, inmaculados, con derecho a meterse tras las puertas cerradas, o abiertas que más da, ajenas, en camas que nadie los invitara, la juzgarían aún. Imbéciles. ¡Si aquella madrugada fue toda poesía! ¿O sufrir en la alegría? ¿Delirio? ¡Deslumbramiento!...

Permanecí largos meses lejos de poder comprender el verdadero significado de su actitud aquel día en el mercado, y lo experimentado aquella noche. Aunque me extrañaba y dolía, callé. Tiempo después me pareció todo tan claro. Y ella, ... sincera. ¡Que lindo fue!

Evocación al placer

Por aquellos días la perspectiva era diferente, como quien mira un rascacielos desde el suelo o de la azotea del mismo la calle. Quizá por ello, infringir las reglas de una moralidad hipócrita se me dio fácil. Aprendía en las calles sobre filosofía del vivir sobreviviendo… ¡De sueños mojados o secos; de rincones húmedos y negruras circundantes! ¿Qué podía saber yo de amores?

sábado, 18 de septiembre de 2010

Los tenis del Pepe

“Todas las grandes verdades empiezan por ser blasfemias”
               George Bernard Shaw (Annajanska)

El miércoles de madrugada estaba yo frente al ventanal que da a la calle mirando a través del cristal tazón de café en mano. La campanada del reloj que monta guardia cerca a la mesa del comedor anunció las cinco y treinta. Pasados unos segundos escuché cercano el peculiar sonido del camión de recogido de basura, puntual como cada miércoles. Sobre la butaca esperaba mi laptop. Y me dispuse a vencer el impulso de aplazar la escritura. La idea inicial no era contar el cuento de los tenis del Pepe. Confieso ser un cuentacuentos inexacto en lo preciso. Sé que eran tenis amarillo-naranja, del color de las chinas mandarinas. Y que el Pepe lo tituló Mis caminatas por la Cumbre: Un cuento con descarga. Quizá yo lo cuente adornado de alguna reflexión sagaz. Es que al contar lo ya contado suelo quitar o añadir, enfatizar u omitir… poner pique o azúcar, vinagre o miel esperando que infectado de ficciones resulte más real que la realidad. El bullicio al exterior me distrajo. Entre silbidos y gritos de los recogedores, y el ladrar de los perros, despertaba la vecindad. Iban de amarillo hasta cubrirse los cabellos y calzaban botas negras de goma hasta las rodillas bajo una persistente llovizna. Estuvo lloviendo toda la noche y el agua que bordeaba la acera en busca de la rejilla del alcantarillado hasta dejarse caer e ir a parar por un tubo bajo el asfalto quien sabe donde, arrastraba cadáveres de lagartijos, cucarachas y hasta una iguana que patas arriba, viva todavía, parecía caimán furioso luchando por no dejarse llevar. A pesar de la llovizna, Blasco y Rafa intentaban, en otra de sus frecuentes caminatas, el conseguir alguna firmeza para unos músculos ya sexagenarios. Y fue al verlos que vino a mi memoria el Pepe, no por sexagenario ni carnes flácidas, ni por el cuento de sus caminatas por La Cumbre. Vino a mi memoria porque anoche supe que después de larga ausencia el Pepe había regresado a su hogar tras lograr exorcizar el “demonio” que meses atrás se posesionó de su cerebro y que poco a poco lo fue cambiando. ¿La verdad? Aquel demonio se las traía. Si bien, una que otra vez, el Pepe se deprimía, adquirió el don de escuchar música o sonidos en su cabeza que acompañaban sus estados de ánimo o argumentaciones. Y al cerrar los ojos lucecitas de colores formaban mensajes que intentaba descifrar. Y bailaba, reía o lloraba de felicidad sin motivo aparente. ¡El Pepe no necesitaba de excusas para sentirse feliz! Claro, esto requería del Pepe energías sobrehumanas y pasado un tiempo fue provocando en su físico cambios a lo Stevenson: de Dr. Jekyll a Mr. Hyde. Hacía muecas o desdoblaba su personalidad de tal manera que se tornaba irreconocible. Entonces presintió que no soportaría un cambio más. Y sin decir palabra, un sábado, séptimo día de la semana, a las siete de la mañana, el Pepe se vistió con ropa deportiva y aquellos tenis amarillo-naranja, del color de las chinas mandarinas y fue a internarse en una celda oscura y sin ventanas en el Monasterio San Pablo. Durante siete días con sus noches le escucharon gritar sin comprender palabra pues el Pepe hablaba en lengua extraña, un dialecto olvidado, algún código quizá. Al octavo día el Padre Carro, superior del monasterio, rompió los sellos de entrada de la oscura celda y lo encontró desnudo maniatado a una lámpara en el techo, las pupilas dilatadas, palidez que asustaba y una herida abierta en el lado derecho de la cabeza. Jura el Padre Carro, que un hedor de muerte impregnaba las paredes. Y que el eco de aterradoras voces salidas de agujeros negros entre las sombras helaba la sangre. Asistido por siete monjas de clausura, que se persignaban, aunque prosternadas ante la sorpresa de su desnudez se resistían a desviar la mirada de la bestia que dormitaba entre aquellas piernas empapada de blanquecina viscosidad, el Padre Carro suturó la herida en la cabeza. Entonces, ellas lavaron a solas el cuerpo del Pepe con abundante agua, jabón y esmerada dedicación… Y al terminar y secarlo cuidadosamente lo llevaron, desnudo como estaba el Pepe, a una espaciosa e iluminada celda. Atrás quedó, clausurada con siete candados y dos trancas de acero por el Padre Carro, superior del monasterio, la oscura y hedionda celda sin ventanas.

Aunque la prudencia aconseja no entrar en más detalles, siete monjas desnudas danzaron siete noches seguidas al dar las siete; siete vueltas durante siete minutos al interior de la espaciosa e iluminada celda en que descansaba, desnudo, el Pepe: la número 7. Siete veladoras blancas encendidas, siete incensarios de siete cadenillas y siete tapas. Y cada una de esas noches la lectura de la oración del justo perseguido (Salmo 7): Me acojo a ti/ líbrame; ¡que no arrebate mi vida el que desgarra,/ sin que nadie libre!/ …Y si he perdonado al opresor injusto,/ ¡que el enemigo me persiga, me alcance,/ estrelle mi vida contra el suelo,/ y tire mis entrañas por el polvo!/… De lo contrario surge contra los arrebatos de mis opresores./ ¡Despierta ya, Dios! / Por el principio del Talión, amén.

El séptimo día a las siete, el Pepe se levantó. Siete minutos más tarde, del Monasterio San Pablo hacia La Cumbre partió calzando -por toda vestimenta- aquellos tenis amarillo-naranja, del color de las chinas mandarinas.